Empezamos la semana corriendo las cortinas y viendo cómo los elefantes de Cabárceno iban saliendo poco a poco de su recinto.

Tras la visita al parque el día anterior, el plan del lunes pasaba por visitar Santander. En varias ocasiones he estado en la capital cántabra, pero hasta el momento no había hecho más que dar un paseo por la península de la Magdalena y poco más. Santander era una especie de espina turística clavada que tarde o temprano me quería quitar.

Javier Escalada, un compañero de trabajo santanderino, me hizo una planificación muy completa para visitar los lugares más significativos de la ciudad, sin olvidar en ningún momento que viajábamos con Hugo, por lo que nos buscó también actividades que le pudieran gustar y distraer.

La primera parada era el faro del Cabo Mayor. Con un cielo azul y exento de nubes la ocasión que se nos presentaba para disfrutar de las vistas era inmejorable. Pudimos comprobar que la tierra, efectivamente, es redonda y, dejamos que la brisa marina nos refrescara la cara, hasta que un autobús de turistas desembarcó a nuestro lado y, rompió la paz y el encanto del lugar.

Siguiente parada: playa del Sardinero. No, no, en el Cantábrico el agua todavía no está para darse chapuzones, al menos, no para madrileños poco acostumbrados a las bajas temperaturas acuáticas, aunque para cabezones los Muñoz, porque ahí que nos fuimos padre e hijo para meter los pies en el agua y verificar de primera mano (de primer pie, mejor dicho) que realmente sí estaba fría. Incluso la arena estaba fresca, pero en ese caso, era de agradecer, porque permitía andar descalzo sin tener que ir de puntillas ni dando saltitos.

#nosécuántosenterramientosdepiernasdespués por parte de Hugo, decidimos levantar el campamento para dirigirnos al siguiente destino: península de la Magdalena.

Para no añadir más cansancio a nuestros cuerpos y, más conociendo la zona y, que un servidor habría tenido que llevar a Hugo a cuestas, decidimos coger el “Magdaleno”, trenecito turístico que recorre la península de la Magdalena, mientras va contando la historia del lugar y anécdotas varias (¡buen negocio hizo don Juan de Borbón cuando devolvió el palacio a la ciudad!). El recorrido acaba en el mini-zoo, en el que encuentramos pingüinos, focas y leones marinos. Allí, como no podía ser de otra forma, nos quedamos un rato largo, viendo cómo los animales nadan, nadan y vuelven a nadar. Si por Hugo hubiera sido, seguiríamos allí, pero el hambre y el airecito fresco que se levantó -no se puede decir que fuéramos muy abrigados- nos obligaron a emprender la marcha hacia el restaurante recomendado.

Comer en Santander, ¡ay, comer en Santander!. Mis dos últimas visitas a Santander habían sido por motivos profesionales y, la gente de Funditubo nos habían llevado a comer a un par de sitios donde la comida no estaba buena, estaba buenísima. El Gelín, con un rape exquisito y, el Hotel Chiqui con unas vistas magníficas y unos platos muy finos y sabrosos. Sin embargo, en otra ocasión que estuve de visita en la ciudad, no puedo decir que comiera bien, ni siquiera regular, menos mal que en aquella ocasión la compañía hacía que los platos quedaran en un segundo, tercero, …, quintuagésimo o más lugar.

En la agenda, Escalada no nos había buscado un restaurante céntrico, sino que teníamos que tomar una “regina”, lanchas usadas para el transbodo de pasajeros entre Santander y Pedreña-Somo. Nos bajamos en Pedreña para ir a comer a “El Tronky”, un restaurante de puerto, con una brasa fantástica. Caracoles, mejillones en salsa y sardinas fueron los alimentos que compusieron nuestro menú, todo muy rico, rico y con fundamento, como diría un cocinero de la tele.

De regreso a la capital cántabra, la tarde se presentaba de turismo por el centro. El mercado, la catedral, … Y, para disfrute del pequeño de la familia, montar en el tiovivo situado en los Jardines Pereda. Tras tomar unas horchatas y un batido de chocolate en Capri, cogemos nuestro coche para volver a la habitación, darnos una ducha reconstituyente y, cenar tranquilamente.

La noche se presentaba despejada y, puesto que la posada no tenía edificios ni farolas alrededor, decidí coger la cámara y el trípode -sí, me fui con él- para hacer una fotografía nocturna al cielo, intentando captar la estela dejada por las estrellas gracias al movimiento terrestre. No puedo decir que fuera un fracaso, porque alguna estrella aparece en la foto, pero tras cuatro minutos de exposición fotográfica (que a mi me parecieron más), pensé que habría conseguido captar más astros. Definitivamente, debo leer más documentación sobre este tipo de fotografía porque los preparativos fueron un poco atropellados -desastrosos- y, el resultado es altamente mejorable. Pensé poner la foto resultante en el “extra”, pero mejor me reservo esa bala para otra ocasión.

El martes era el último día por tierras cántabras y no lo desaprovechamos. Siguiendo unos encargos culinarios, nos acercamos hasta Santoña, donde cargamos el maletero de, espero, sabrosas anchoas enlatadas y, también de paté de cabracho, de gulas, de pimientos asados, de agujas, de atún, de …, en fin que nos dejamos medio sueldo y nos llevamos media tienda.

Dado que Bilbao está cerca, decidimos hacer una visita express a nuestro amigo Enrique, y de camino a su casa, paramos en Castro Urdiales, un pueblo precioso que nos encantó a pesar del poco tiempo que pasamos en él.

Con Enrique comimos, como siempre muy bien por esa zona, mientras nos poníamos al día de nuestras respectivas vidas y, para finalizar, nos llevó a tomar el café a un bar con unas atractivas vistas a la costa, lástima que a las nubes les había dado por aparecer.

Tras despedirnos, sólo quedaba emprender el camino de regreso a la rutina, digo a casa. Un fin de semana muy completo y que nos ha dejado un gran sabor de boca. Después de varios intentos, podemos decir que hemos estado y conocido Cantabria, o al menos una buena parte de ella.

Muchas gracias a todos y hasta la semana que viene.

Título: “Una barca en el olvido”.

Datos EXIF
ISO: 100
Apertura: f/8
Velocidad: 1/1250
Distancia focal: 32mm

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