El Equipo Comanchi volvió a unirse para disfrutar de un nuevo viaje, tras varios meses de inactividad conjunta.

No hicimos el viaje inaugural vestidos con la “equipación oficial”, tal y como habíamos hecho en anteriores salidas, sobre todo al extranjero, ni tampoco ha sido un viaje de larga duración o a lugares lejanos. En esta ocasión, nos hemos conformado con pasar un fin de semana en Soria, porque también existe, ¿lo sabíais?.

¿Y por qué fue Soria el destino elegido? Hace cosa de un mes, día arriba, día abajo (o dependiendo de cuándo sea leído este texto), me topé, en la página de Renfe, con un viaje organizado a dicha provincia, con motivo del centenario de la publicación del libro “Campos de Castilla” de Antonio Machado, ilustre personaje que en esa ciudad vivió durante unos años de su vida. La excursión consistía, entre otras cosas y como no podía ser de otro modo, en un traslado en tren a la capital soriana.

Pensando en nuestros hijos, nuevos miembros del Equipo Comanchi, era casi obvio que el viaje en tren les podía hacer bastante ilusión, teniendo en cuenta que a la ida se iban a realizar actuaciones que amenizaran el viaje, circunstancia que les tendría entretenidos y atentos durante un buen rato. Si a eso le sumamos que, al subir al tren, les regalaron un juego de la oca en el que cada casilla corresponde con un lugar distinto de la ciudad, pues miel sobre hojuelas.

Debo decir, antes de continuar con la narración del fin de semana, que el tren que nos trasladó hasta Soria estaba formado únicamente por dos vagones, sí sólo 2, con cabina de mandos incorporada, enganchados con capacidad para poco más de 50 personas cada uno y, que se desplaza con gasoil, nada de red eléctrica. Incluso un tren de cercanías, de los cortos, tenía más metros que el “nuestro”. Pero, no penséis que este hecho hizo que nuestro ánimo inicial decayera, ni mucho menos, le daba un encanto especial a la ruta. Me han comentado que la línea de tren Madrid-Soria es deficitaria y, que los trenes que hasta allí se trasladan son similares al que usamos nosotros.

Los lugareños dicen de su ciudad, entre risas y bromas, que Soria tiene dos estaciones: invierno y la estación de tren.

Lo que sucede es que cuando uno llega al final del trayecto, se encuentra con una terminal triste, vacía, desierta y cuasi fantasmal. Aún así, y con motivo de la excursión, en el vestíbulo de la estación nos estaba esperando un mostrador repleto de productos típicos sorianos: pan, queso, vino y torreznos. No os voy a contar cómo estaba de bueno el queso, principalmente porque no lo caté, pero el pan, el vino y, sobre todo los torreznos, mejor dicho, los macro-torreznos estaban …, lo siento, mas no sé cómo describirlo con palabras, pero sólo por recordarlo ya estoy salibando.

Una vez finiquitado todo el contenido del mostrador, nos desplazamos hasta los diferentes hoteles elegidos por los viajeros del tren. Para nosotros nos “habían reservado” un hotel en pleno centro de la ciudad, de manera que la movilidad con los niños fuera más fácil y accesible. Pero, casualidades de la vida, el día 23 empezaban las fiestas de Soria y, la verbena iba a ser instalada en la plaza donde teníamos nuestro alojamiento. Hace unos años, no nos habría importado este hecho, pero yendo con tres niños de cuatro años, temíamos que el descanso fuera mínimo. No obstante, la persona de la agencia nos acompañó hasta el hotel para conocer de primera mano la situación, sin embargo, nada más llegar, la recepcionista nos advirtió que el ruido iba a ser continuo y que no podríamos pegar ojo en toda la noche. ¡Decidido, había que cambiar de hotel!. Nos llevaron a uno que estaba en las afueras (pero en Soria las distancias son muy cortas), más nuevo y mucho más tranquilo.

Tras dejar las maletas, nos embarcamos en una serie de actividades para conocer de primera mano los encantos de la ciudad. En primer lugar, un paseo en trenecito y, tras la comida, un paseo a pié por sus calles empedradas. ¡Qué queréis que os diga de Soria! De todas las capitales de provincia castellano leonesas que conozco es la más flojilla. A nivel arquitectónico se queda un poco escasa: no llega al románico de Zamora, ni tiene una catedral como la de Burgos (o la de León, venga vale), ni palacios señoriales como los de Segovia.

Por la noche, España 2, Francia 0. Naturalmente, no podíamos dejar pasar la oportunidad de ver el partido de la selección. Unas cervezas, unas raciones y a animar.

El domingo por la mañana nos llevaron hasta la Laguna Negra, un enclave natural precioso, que es visita indispensable para cualquier amante de la naturaleza. A nuestra llegada, nos recibió un actor que, con arte y alegría, nos narró historias y leyendas relacionadas con la Laguna y los pueblos de alrededor. Teníais que haber visto a los tres pequeños, sentados en el suelo, sin pestañear siquiera y, sin perder ripio de las fábulas que nos relataba el paisano.

Acabada la actuación, nos dirigimos hasta los pies de la laguna y, tras unas breves explicaciones y, unos minutos para que nuestra vista se relajara y disfrutara con la belleza del paisaje, emprendimos el camino de vuelta, previa parada en la localidad de Vinuesa.

Sólo nos queda la vuelta a casa. Nos llevan a todos a la estación donde nos está esperando nuestro convoy, solitario, montado sobre unos raíles que parecen no llevar a ninguna parte, rodeado de rieles y edificios obsoletos que, posiblemente, vivieran mejores épocas muchos años atrás; vías que se van oxidando poco a poco con el paso continuo del tiempo. La estación de Soria es el claro ejemplo de tantas estaciones de ferrocarril caídas en el olvido a raíz del aumento del transporte por carretera y, cuya única esperanza, para poder resurgir y volver a vivir mejores momentos, es la llegada del tren de alta velocidad, hecho harto complicado en estos tiempos de crisis y, en poblaciones con similar tesitura económica, industrial o, turística.

Siguiendo la tradición de los viajes del Equipo Comanchi (y si no lo es todavía, lo tendremos que instaurar como tal), el final del mismo no podía ser tranquilo. El sobresalto final nos lo encontramos una vez dentro del vagón, acomodados ya en sus butacas y, cuando faltaban pocos minutos para dar la salida.

Una de las niñas, no sé si fue Carla o Irene, comentó en alto: “¡Huele a veneno!”. Este comentario consiguió sacar una sonrisa a todos y cada uno de los ocupantes del vagón. La sonrisa duró muy poco en nuestras caras, porque instantes después una nube de humo fue poco a poco invadiéndonos, haciendo cada vez más irrespirable el ambiente. Tranquilos, sin prisa, pero sin pausa, fuimos bajando al andén, con todas nuestras pertenencias, desde donde pudimos observar cómo un humo blanco salía de uno de los motores y, se hacía evidente que algo se estaba quemando en su interior, lo cual nos obligaría a volver a Madrid por carretera, tal y como finalmente sucedió.

Con una hora de retraso sobre el horario previsto llegamos a Chamartín. Una rica anécdota más en nuestro debe, aunque en esta ocasión se la contarán a los nietos nuestros propios hijos -si es que se acuerdan de ella cuando sean mayores-.

Muchas gracias a todos y hasta la semana que viene.

Título: “El tren de la estación fantasma”.

Datos EXIF
ISO: 100
Apertura: f/8
Velocidad: 1/160
Distancia focal: 55mm

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